El Guggenheim

El historiador del arte, cuando va de viaje vacacional, está sometido a múltiples presiones. El turismo puede tornarse, incluso, en una consecución de espasmos, taquicardias y sudores fríos ante las temidas preguntas de tus acompañantes y compañeros de aventura. Y es que interrogantes como ¿Y eso de qué estilo es? ¿Y eso para qué servía? ¿Y eso de qué fecha data? ¿Y quién es el autor de tal cosa? ponen al recién titulado en Historia del Arte en una posición de “conocedor de tooooooooodo lo que tufe a histórico o artístico; así sea la fachada del edificio de la barriada más profunda de la ciudad”. Y no, no lo sabemos todo. Ni de lejos. Ni muchos de los temas de los apuntes recuerdo ya, como para saber lo que no venía en ellos…

Por el contrario, los que contamos como “entendidos” en el arte, disfrutamos mucho de las impresiones de los no instruidos en la materia, especialmente cuando de arte contemporáneo se refiere. Aunque ese disfrute se va pronto, pues te miran horrorizados pidiendo explicaciones y motivos que ni tú mismo puedes dar. Una mirada que dice pero… ¿¿¿¿qué mierda es esta???? a lo que tu quisieras responder  ¡¡¡¡pues un mojón muy grande, ya lo ves!!!!!  pero no puedes porque es arte, estás en un museo y en fin, tú has dedicado 4 ó 5 años en sacarte esa carrera… la de justificar mojones de vez en cuando.

Este finde, aprovechando el puente, fui a Bilbao… sí, hilas fino querido lector: Guggenheim. Ese museo cuyo interior genera las miradas a las que me refería antes: las del olor pestilente. En un momento dado, mi acompañante, no docto en cuestiones tan elevadas como el Expresionismo Abstracto, ante el cuadro de Tápies (Ambrosía) y audioguía en ristre, hizo que asistiera a la mayor muestra de gesto facial que he presenciado nunca. Pasó por la expectativa, la sorpresa, la incredulidad y finalmente llegando a fliparlo muy-mucho con lo que la voz del cacharro de explicaciones decía sobre lo que tenía delante. No, tanto discurso sobre emociones y paralelismos con dioses griegos no le cuadraban con lo que ante sus ojos tenía: un muro de pared blanca con rayajos y pintadas. Y no le culpo… luego nos extrañará la pregunta sobre la fachada del edificio de la barriada más profunda de la ciudad… visto así puede tener también su estilo artístico, Estilo Tápies.

tapies

Esa incredulidad fue persiguiéndole a lo largo del museo y culminó con Nueve discursos sobre Cómodo de Twombly. Allí plantados, en mitad de la sala, observando la sucesión de los nueve lienzos que plasmaban, según decía la audioguía, la sucesión de violencia y angustia experimentada por el Emperador Cómodo durante su muerte, nos miramos. Yo con la risa del que piensa a mi no me digas ná, y él con la cara del que piensa me están tomando el pelo.

Tardamos poco más en salir. Anda, mejor vamos a ver a Puppi que está muy gracioso con todas sus flores.

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